Me vais a permitir que cuente una historia. Una historia escrita con trazos rectos en renglones torcidos. Una historia que va de viejos teatros, actores que empiezan a peinar canas y guiones olvidados. Pero ante todo, una historia escrita con el corazon, con palabras errantes, sin destino. Una historia realmente escrita para ser narrada cara a cara, mirando directamente a los ojos, bajo la atenta mirada de las estrellas, pero que no encuentra el momento ni el lugar para salir del papel y colarse en los sentidos.
Esta historia comienza, como todas, con un protagonista. Un actor en su papel de protagonista, que durante una vida se dedica a la improvisación, por caminos retorcidos, que ha envejecido mas de cien años de tanto andar perdido, intentando llevar a cabo su mejor papel en el concurrido teatro de la vida.
Pero un buen día, nuestro actor se tropieza con un guión, y lo lee, y lo estudia, y se lo aprende a conciencia, y decide que no está tan mal, que perfectamente podría ser el guión del resto de su actuación. Y sin darse cuenta va olvidando, va dejando de lado la improvisación, dando lugar a palabras y comportamientos estudiados y coreografiados.
Hasta que llega el día en que nuestro actor se ve obligado a desarrollar su papel en un nuevo teatro, un pequeño pero acogedor teatro alejado de los ruidos y el bullicio de la urbe. Y continúa con su papel, como si nada, harto sabido y aprendido tras haberlo repetido una y mil veces. Pero en este teatro los actores son otros, y entre ellos destaca una actriz, pero no una actriz cualquiera, sino una de esas que brillan con luz propia, de las que no necesitan que le digan que es una estrella, porque ya los es por meritos propios. Guapa de cara, rica de alma y de mirada sincera y sostenida.
Poco a poco, y sin apenas notarlo, a nuestro protagonista se le va olvidando el guión, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto…. Y un día, al ir a recitar su bien aprendido discurso descubre que las palabras no brotan, que los labios se niegan a repetir de nuevo, solo quieren volver a improvisar. Y su corazón se altera, y su mente despierta del letargo. Y de nuevo sueña despierto, dibujando figuras en el contorno de las nubes. Y de nuevo se encuentra exalando sentimientos en retazos de papel.
Pero como la vida no ha sido creada para ser sencilla, también descubre que su pecho se encuentra entre la espada y la pared. Y se encuentra cara a cara con la dueña del guión, que le reclama que lo recuerde, que se lo aprenda de nuevo y que siga actuando como está escrito. Pero no puede, las palabras no se quedan en su memoria. Así que este viejo actor, encerrado en su camerino, llora lágrimas negras en pañuelos blancos, mientras las horas van pasando.
También descubre que nuestra actriz tiene también un guión que seguir, su propio guión aprendido y bien establecido y, aunque ocasionalmente de la sensación de querer olvidarlo, él duda que a esta estrella del teatro de la vida le apetezca o interese introducirse en el caótico arte de la improvisación.
Ante tal cúmulo de despropósitos, a él sólo le queda esperar, viendo pasar las nubes y las horas, a que nuestra actriz principal lo niegue rotundamente, que rechace el veneno de la improvisación y lo aparte del escenario para siempre, relegándolo así a un simple puesto de espectador, desde donde recrearse todos los días durante un instante, disfrutando de sus palabras y de su sonrisa. Para así, una vez desintoxicado de los torbellinos de sueños, pueda de nuevo, con la cabeza templada y en su sitio, volver a memorizar su viejo y ajado guión.
Ahora si, ¿que pasaría si nuestra actriz favorita un día decidiese lanzarse a improvisar a los cuatro vientos? Pues que este viejo actor la esperaría para recibirla con los brazos abiertos, y le colocaría con cariño las alas para poder salir volando, volando sobre este y todos los teatros, viendo al resto de los actores representar su sabida función.
Corren malos tiempos para los soñadores.